Con el cierre de un año y el inicio de otro, aparecen casi automáticamente los famosos propósitos.
Listas largas de todo lo que queremos cambiar, lograr o mejorar.
A veces tan ambiciosas que se vuelven inalcanzables, y otras tantas, cargadas de culpa cuando no logramos cumplirlas.
Con el tiempo, he empezado a preguntarme si el problema son los propósitos…
o si, en realidad, es la forma en la que los entendemos.
Tal vez no se trata de qué queremos lograr, sino desde dónde estamos viviendo.
La vida no es una meta, es un ciclo
La vida es cíclica.
Todo tiene un inicio, un desarrollo y un cierre. Nada permanece igual.
Y eso incluye nuestras etapas, nuestras relaciones y nuestra manera de estar en el mundo.
En la crianza lo vemos con mucha claridad.
Cuando nuestros hijos son pequeños, somos su mundo. Nos creen todo. Nos miran como gigantes.
Después llega la adolescencia, una etapa intensa y retadora, donde comienzan a cuestionar, a separarse, a buscar quiénes son.
Y aunque a veces duele, ese cuestionamiento no significa que hicimos algo mal.
Muchas veces significa todo lo contrario:
hicimos lo suficiente.
Sembramos.
Acompañamos.
Guiamos.
Y ahora les toca a ellos caminar su propio proceso.
Aprender a soltar también es parte del propósito
Soltar duele.
Duele aceptar que ya no somos el centro.
Duele ver cómo la dependencia se transforma en independencia.
Pero esa, en realidad, es una de las mayores metas logradas como padres:
haber formado seres capaces de separarse, decidir, equivocarse y encontrar su propia felicidad.
La adolescencia no es un error del sistema.
Es una etapa necesaria para convertirse en adulto.
Nadie puede independizarse sin antes cuestionar.
Nadie puede encontrarse sin antes alejarse un poco.
¿Y nosotros, en qué ciclo estamos?
Como adultos, también atravesamos ciclos.
Llegamos a momentos en los que empezamos a mirarnos con más profundidad:
¿Qué he logrado?
¿Qué quiero cambiar?
¿Qué ya no me hace sentido?
¿Desde dónde estoy viviendo?
Y es ahí donde vuelvo a pensar en los propósitos.
Tal vez no necesitamos más metas, sino más conciencia.
Vivir con propósito, no con listas
Más que propósitos anuales, hoy creo profundamente en vivir con propósito diario.
Un propósito que no se mida en resultados, sino en intención.
Hacer las cosas desde el amor.
Decidir con conciencia.
Estar presentes en el aquí y el ahora.
Acompañar nuestros procesos y los de quienes amamos.
Porque cuando lo que hacemos nace del amor,
cuando nuestras decisiones vienen del corazón,
no hay pierde.
La brújula siempre ha estado ahí
La vida es incierta.
A veces confusa.
A veces retadora.
Pero siempre tenemos una brújula.
Y esa brújula no es una lista de objetivos ni un plan perfecto.
Es el corazón.
Es la capacidad de estar.
Es la conciencia de vivir este momento, este ciclo, esta etapa.
Porque cuando nuestra brújula es el amor,
cuando nuestra guía es el aquí y el ahora,
todo lo que viene —aunque no sea perfecto— encuentra sentido.
Para cerrar un ciclo (y comenzar otro)
Tal vez el verdadero propósito no sea cambiarlo todo.
Tal vez sea habitar mejor lo que ya somos,
entender el ciclo en el que estamos
y vivirlo con presencia, amor y verdad.
Más que propósitos nuevos,
que este nuevo ciclo nos regale conciencia, presencia y amor.




