Pubertat: una invitación a mirar la pubertad sin miedo

Para quienes han visto —o puedan ver— la serie documental Pubertat, se abre una conversación profundamente necesaria sobre una etapa que muchas veces atravesamos sin detenernos a mirar con verdadera conciencia.

La pubertad es corta en años, pero intensa en todo.
Es una etapa breve… pero se vive con una fuerza emocional enorme.

Hoy solemos decir que “los tiempos han cambiado”, y es cierto.
El mundo digital, la exposición constante, las pantallas y la sexualización temprana hacen que la experiencia de nuestros hijos sea distinta a la que nosotros vivimos.

Pero si vamos al fondo —al cuerpo, a la emoción, al corazón— hay algo que permanece igual:
la confusión, la búsqueda de identidad, el ¿quién soy?,
el deseo de pertenecer,
la presión social,
el miedo a quedar fuera,
la necesidad de aprobación.

Mirar nuestra propia pubertad para entender la de ellos

Volver a nuestra propia pubertad es clave.
Recordar cómo se sentía ese cuerpo que cambiaba,
la incomodidad física,
el despertar sexual que muchas veces no sabíamos cómo nombrar,
el primer gusto, el primer beso, las mariposas en el estómago…

Y también las decisiones que tomamos, a veces equivocadas, por el simple deseo de pertenecer.

La diferencia hoy es que todo eso ocurre más expuesto, más observado, más comparado.
El ideal de la vida perfecta, del cuerpo perfecto y de la validación constante se cuela en una etapa que ya de por sí es vulnerable.

El miedo de los adultos frente a la pubertad

Muchos padres llegan a esta etapa con miedo.
Con frases como: “hijos chicos, problemas chicos; hijos grandes, problemas grandes”.

Pero la realidad es que todo depende de algo muy importante:
si logramos o no crecer junto con nuestros hijos.

El conflicto aparece cuando seguimos tratando a un puberto como si fuera un niño pequeño,
o cuando intentamos evitarles toda experiencia porque nosotros ya la vivimos.

La pubertad —y después la adolescencia— no es un error del sistema.
Tiene una razón profunda de ser:
es un proceso de separación, de diferenciación y de construcción de identidad propia.

Acompañar no es evitar, es estar

No podemos evitar que vivan.
Lo que sí podemos hacer es acompañarlos mientras viven.

No se trata de quitarles los errores del camino,
sino de darles la mano para que, cuando se equivoquen, sepan que ahí estamos:
para ayudarles a entender, integrar y crecer.

Como padres, también nos toca soltar una idea difícil:
nuestros hijos no van a ser lo que nosotros queremos que sean.
Van a ser quienes ellos vienen a ser.

Y esa es una de las mayores sorpresas —y también uno de los regalos más profundos— de la crianza:
descubrir qué persona se está formando frente a nosotros.

Presencia, no juicio

La serie Pubertat nos recuerda algo esencial:
la pubertad es una etapa de crisis,
y toda crisis necesita presencia, contención y guía,
no juicio ni abandono.

No se trata de ser amigos de nuestros hijos,
sino de ser ese adulto firme y disponible
al que pueden regresar cuando el mundo se vuelve confuso.

Sí, el mundo ha cambiado.
Y probablemente nuestros padres y abuelos pensaron lo mismo de nuestra generación.

Por eso, más que resistirnos al cambio, hoy toca crecer con ellos,
revisar nuestros propios tabúes, miedos y prejuicios,
y aprender a acompañar desde un lugar más consciente.

La pregunta importante

Cuando entramos a esta etapa desde el miedo, ellos lo sienten.
Pero cuando entramos desde la curiosidad, la apertura y la confianza,
nos invitan a su mundo.

La pregunta no es si la pubertad será difícil.
La verdadera pregunta es:

¿Desde qué lugar la vamos a vivir como papás?

¿Desde el miedo… o desde la presencia?