Nuestros hij@s son, para nosotros, nuestro mayor tesoro, lo más valioso que tenemos. Y justamente por eso, pocas cosas nos cuestan tanto como escuchar una crítica sobre ellos. Como mamá y como psicóloga, hay una pregunta que me hago constantemente y que también aparece con frecuencia en el consultorio:
¿qué tan abiertos estamos realmente a escuchar lo que otros ven de nuestros hij@s… cuando nosotros no lo vemos?
El punto ciego de la crianza
En la vida cotidiana de la maternidad y la paternidad existe algo inevitable: un punto ciego. No porque no queramos ver, sino porque estamos demasiado cerca. Amamos profundamente, queremos proteger y duele aceptar que nuestro hij@ —ese tesoro— también puede equivocarse. Muchas veces, incluso cuando intuimos que algo no está del todo bien, preferimos no mirarlo de frente o, peor aún, no permitimos que nadie más nos lo diga. No nos gusta, nos duele, nos activa, y entonces reaccionamos desde la defensa.
¿Desde dónde viene lo que nos dicen?
Claro que no todo comentario es válido, no todo el mundo tiene derecho a opinar y la forma importa tanto como el fondo. Siempre digo: si no tienes nada bueno que decir, mejor no lo digas. Pero también creo profundamente algo más: si lo que alguien va a decir suma, si viene desde una buena intención y puede ayudar a un niñ@, a una mamá o a una familia a darse cuenta de algo a tiempo, entonces tal vez vale la pena escucharlo.
Muchas veces, ese comentario incómodo puede marcar una diferencia enorme.
De la defensiva a la comunidad
Siento que, como generación de papás, vivimos demasiado a la defensiva. Más desde el “no te metas” que desde el “hagamos equipo”.
En lugar de comunidad, hacemos competencia; en lugar de acompañarnos, nos volvemos enemigos. Y qué distinto sería si pudiéramos construir espacios donde alguien pudiera decir algo sin miedo a detonar una bomba y el otro pudiera escuchar sin sentir que están atacando a su hij@. Porque seamos honestos: nuestros hij@s no son perfectos, son humanos. Se equivocan, dicen cosas que con nosotros no dicen y hacen cosas que con nosotros no hacen. Cerrar los ojos a eso no los protege; los deja solos.
La forma también educa
Así como es importante estar abiertos a escuchar, también es clave cómo decimos las cosas.
Trabajo mucho esto con niñ@s y adolescentes y siempre les explico algo muy simple: tu fondo puede ser correcto, pero si la forma es inadecuada, nadie te va a escuchar. Lo explico con lo que llamo la ley del sándwich: puedes tener el mejor jamón, el mejor queso y los mejores ingredientes, pero si los presentas en un pan quemado, nadie va a querer probarlo. Lo mismo nos pasa a los adultos: cuando llegamos desde el juicio, la crítica o la agresión, el mensaje se pierde, aunque tenga razón.
Abrir la puerta, no cerrar la conversación
Ojalá pudiéramos construir comunidades donde cuidar a tu hij@ también sea cuidar al mío; donde podamos hablar desde el respeto y aceptar que nadie lo ve todo. Escuchar no nos hace malos padres, nos hace padres más conscientes. Aceptar que alguien nos diga algo que no vemos duele, sí, pero también puede ser un regalo enorme.
Porque criar no es hacerlo solos, educar no es aislarse, y amar a nuestros hij@s también implica atrevernos a mirar lo que incomoda.




