Hay algo que veo cada vez más en la crianza actual y que vale la pena reflexionar con calma.
Por un lado, estamos criando niñ@s mucho más vistos emocionalmente. Niñ@s más escuchados, más protegidos y más acompañados en lo emocional. Y eso, sin duda, es algo positivo.
Durante muchos años crecimos normalizando gritos, humillaciones, castigos excesivos y frases que lastimaban profundamente. Hoy muchos padres buscan hacerlo diferente y eso también habla de una generación más consciente.
Pero en medio de ese cambio, pareciera que a veces nos estamos yendo al otro extremo.
Hay niñ@s a quienes nadie puede corregir, nadie puede frustrar y nadie puede incomodar sin que inmediatamente aparezca un adulto a intervenir.
Si una maestra les llama la atención, nos molestamos. Si reciben una consecuencia, brincamos. Si algo les incomoda, buscamos resolverlo rápido.
Y claro que nuestros hij@s necesitan sentirse protegidos. Claro que no debemos permitir maltrato, abuso o humillación disfrazada de autoridad.
Pero también vale la pena hacernos una pregunta incómoda:
¿Estamos protegiendo… o estamos evitando hacernos cargo de ciertas partes de la crianza?
Porque muchas veces queremos que nadie “toque” emocionalmente a nuestros hij@s, pero al mismo tiempo delegamos conversaciones, límites y aprendizajes que nos corresponden profundamente como papás.
Delegamos a la escuela, a los maestros, a los terapeutas, a los especialistas y a los cursos.
Y después, cuando alguien más intenta orientar, corregir o poner límites, aparece el juicio:
“Así no.”
“No debiste decirle eso.”
“No debiste tocar ese tema.”
Entonces surge una reflexión importante:
¿Queremos hij@s protegidos… o queremos evitar la incomodidad que implica educar?
La sobreprotección también puede parecer presencia
A veces pensamos que sobreproteger es estar demasiado encima de los hij@s. Pero no siempre se ve así.
A veces la sobreprotección aparece cuando estamos muy presentes para defender, pero ausentes para formar.
Estamos para reclamar, pero no siempre para enseñar.
Estamos para evitarles frustración, pero no siempre para ayudarlos a tolerarla.
Estamos para impedir que alguien les diga algo incómodo, pero no siempre para tener nosotros esas conversaciones difíciles que también forman parte de crecer.
Y ahí aparece una contradicción importante:
Queremos hij@s fuertes, pero les quitamos toda incomodidad.
Queremos hij@s respetuosos, pero no dejamos que nadie les marque límites.
Queremos hij@s preparados para el mundo, pero intentamos evitar que el mundo los confronte.
Nadie sustituye el lugar de mamá y papá
Esto se vuelve muy evidente en temas como sexualidad, autocuidado, prevención, redes sociales o uso de pantallas.
Muchos padres quieren proteger a sus hij@s, pero al mismo tiempo sienten miedo, incomodidad o inseguridad para hablar de ciertos temas.
Entonces aparece la idea de:
“Que lo vea en la escuela.”
“Que se lo explique un especialista.”
“Que tome un curso.”
Y sí, los especialistas, terapeutas, maestros y cursos pueden sumar muchísimo… pero no pueden sustituir el lugar de mamá y papá.
Porque no hay mejor guía que quien conoce a ese niño todos los días.
No hay mejor traductor emocional que quien entiende sus miedos, su personalidad y sus necesidades.
No hay mejor acompañamiento que el que sucede dentro del vínculo.
La información protege, sí.
Pero lo que verdaderamente transforma es la conversación sostenida en casa.
La autoridad también se construye con presencia
Muchos padres están preocupados porque sienten que los niñ@s ya no respetan límites o figuras de autoridad.
Pero quizá también vale la pena preguntarnos:
¿Qué tipo de autoridad estamos construyendo en casa?
Porque la autoridad no se construye desde el miedo ni desde el control absoluto.
Se construye desde la presencia, coherencia, el tiempo compartido.
Desde conversaciones incómodas, desde adultos que sí ocupan su lugar.
No se trata de gritar, imponer o educar desde el miedo, se trata de acompañar sin desaparecer, de sostener sin resolverles todo, de proteger sin impedir que desarrollen herramientas para la vida.
Tal vez hoy valga la pena hacernos algunas preguntas:
- ¿Estoy formando a mi hijo para enfrentar la vida… o intentando evitarle cualquier incomodidad?
- ¿Estoy presente cuando toca defender… pero ausente cuando toca educar?
- ¿Estoy dejando conversaciones importantes en manos de otros porque a mí me cuesta sostenerlas?
Porque criar no es solo proteger, criar también es enseñar, poner límites, acompañar la frustración.
Es hablar de lo difícil, es estar presentes incluso en las conversaciones incómodas.
Nuestros hij@s no necesitan ser intocables, necesitan sentirse amados, acompañados y guiados.
Necesitan adultos que no solo los defiendan del mundo, sino que también los preparen para vivir en él.
Porque cuando mamá y papá ocupan su lugar desde el vínculo, la presencia y la responsabilidad, los hij@s no solo se sienten protegidos: también se sienten sostenidos.




