¿En qué momento regresar a ver a tus amigos empezó a dar miedo?

Este regreso a clases me ha dejado pensando mucho. Después de unas vacaciones largas, claro que hay nervios. Los papás estamos tratando de volver a las rutinas, los horarios, las prisas. Y nuestros hij@s también regresan con esa incertidumbre normal: ¿con quién me va a tocar?, ¿quién va a estar en mi salón?, ¿con quién me voy a sentar?

Pero este año he notado algo diferente. En consulta me he encontrado con muchos niños y adolescentes que no están regresando solamente con nervios o emoción. Están regresando con miedo: miedo a no pertenecer, a quedarse fuera, a no ser incluidos, a no cumplir con lo que pareciera que hoy necesitas ser para formar parte de un grupo.

Y eso me preocupa, porque ya no se trata solamente de llegar al recreo y descubrir con quién sentarte.

Hoy la pertenencia continúa mucho después de que termina el horario escolar. «Me sacaron del chat.» «No me metieron al grupo.» «Todos hicieron un plan menos yo.» «Subieron una foto y yo no estaba.» «¿Por qué no me invitaron?» Y al día siguiente viene la ansiedad de regresar a la escuela cargando con todo lo que vieron en una pantalla.


¿Qué nos está pasando como sociedad para que pertenecer esté generando tanta ansiedad?

¿En qué momento pasamos de querer regresar a encontrarnos con nuestros amigos a tener miedo de regresar y descubrir si seguimos perteneciendo?

Pero hay otra parte que creo que también necesitamos cuestionarnos: ¿cuánta de esa ansiedad es de nuestros hij@s… y cuánta se la estamos transmitiendo nosotros? Porque a veces somos los propios adultos quienes ponemos el reflector sobre su vida social. «¿Con quién te sentaste?» «¿Por qué no te sentaste con fulanita?» «¿Quién está en tu salón?» «¿Por qué no te invitaron?» «¿Sí te metieron al chat?» «¿Por qué ya no te estás llevando con ellos?»

Y a veces vamos todavía más allá: queremos intervenir,  acomodar, elegir amistades, asegurarnos de que estén con «el grupito correcto», controlar algo que, en realidad, también les corresponde aprender a construir a ellos.

Y sin querer, algo que ya les genera presión se ha convertido en algo más: no solo tengo que pertenecer, también tengo que pertenecer donde mis papás esperan que pertenezca.

Pensemos algo más: muchas veces nuestros hij@s ni siquiera vieron esa foto.

La vimos nosotros. Nosotros vimos que hubo un plan al que no los invitaron. Nosotros nos dimos cuenta de quién estuvo y quién no. Nosotros sentimos el rechazo antes que ellos. Y desde nuestra propia historia, nuestras heridas o nuestros miedos, podemos terminar entregándoles una preocupación que quizá todavía ni siquiera era suya.

Ahí creo que tenemos muchísimo que observar como adultos. Porque quizá no podemos evitar que nuestros hij@s alguna vez se sientan fuera, tampoco podemos garantizarles que siempre los inviten, que todos los quieran o que pertenezcan a todos los grupos.

Pero sí podemos construir algo muchísimo más importante: que su valor no dependa de pertenecer, que puedan tener amigos sin perderse a sí mismos, que puedan quedarse fuera de un plan sin sentir que ellos son «el problema», que puedan ver una foto en la que no aparecen sin traducirla automáticamente como rechazo, que sepan que no necesitan modificar quiénes son para ganarse un lugar.

Porque pertenecer es importante. Somos seres sociales y necesitamos vínculos. Pero una cosa es querer pertenecer y otra muy distinta necesitar pertenecer para sentir que valgo.

Y quizá ahí está una de las conversaciones más importantes para este regreso a clases: no solamente preguntar ¿con quién te tocó?, sino también ¿cómo te sientes siendo tú dentro de ese grupo? Y quizá nosotros también necesitamos hacernos una pregunta: ¿estoy acompañando la vida social de mi hij@… o estoy intentando dirigirla?


Porque antes de enseñarles a encontrar un lugar afuera, necesitamos ayudarlos a construir un lugar seguro dentro de ellos mismos. Y para que puedan hacerlo, también necesitamos darles espacio para encontrar su propio lugar.