Muchos padres compartimos un anhelo profundo, aunque no siempre lo digamos en voz alta: queremos ser esa persona para nuestros hij@s.
La to-go person. A quien le confían lo que duele, lo que asusta, lo que no saben cómo manejar. Y junto con ese deseo aparecen preguntas y emociones difíciles de nombrar: ¿cómo sé si lo estoy logrando?, ¿qué hago para fomentarlo?, ¿y qué pasa el día que ya no soy yo?
Porque sí, hay un duelo que también tenemos que aprender a transitar: entender que no siempre vamos a ser nosotros, y que eso no es un fracaso. Es parte de su crecimiento.
Papás no somos amigos (y eso es una buena noticia)
Hay una frase que resume muy bien esta idea: “Amigos van a tener muchos. Papás, solo uno.” Y es verdad. Un amigo no va a cuidarlos como tú. Un amigo no va a poner límites cuando duela. Un amigo no va a sostener cuando todo se desordene.
Eso no significa que la relación tenga que vivirse desde el regaño constante, la rigidez o la distancia emocional. Al contrario. Se trata de construir un vínculo donde se pueda platicar, reír, equivocarse, ser niñ@ y ser adolescente, sin perder algo fundamental: la autoridad amorosa. Esa autoridad que no aplasta, sino que guía; que no juzga, pero sí contiene; que no compite con los amigos, pero tampoco desaparece.
El error que estamos cometiendo como generación
Hay algo que observo cada vez con más frecuencia —y que Gordon Neufeld explica muy bien en su trabajo sobre el vínculo—: estamos empujando a nuestros hij@s demasiado pronto hacia el mundo de afuera. Desde pequeños los llenamos de agendas, actividades, grupos, socialización constante. Grupo, grupo, grupo.
Y cuando llega la adolescencia, justo cuando por desarrollo necesitan separarse, es cuando queremos que regresen, que nos cuenten, que confíen, que se apoyen en nosotros. Pero el vínculo no se improvisa en la adolescencia. Se construye mucho antes.
Cuando desde pequeños saben que contigo pueden ser ellos, que contigo pueden equivocarse, que contigo no todo es corrección y que también hay risa, complicidad y presencia, entonces —aunque se separen, porque lo harán— el vínculo ya está adentro.
La adolescencia se cura con presencia
Hay una frase que repito constantemente: la adolescencia se cura con presencia. Aunque te empujen, aunque te volteen los ojos, aunque azoten la puerta o digan “ya no te quiero contar”. Eso no siempre significa “vete”. Muchas veces significa: “no me dejes”.
Claro que el respeto es un límite no negociable y claro que la autoridad se construye desde que son pequeños. Pero si logramos no tomarnos todo personal, empezamos a escuchar lo que sí nos están diciendo, incluso cuando la forma incomoda.
Aceptar el duelo… y también el logro
Hay algo que tenemos que aceptar con madurez: puede llegar el día en que no seamos nosotros la primera persona a la que acudan. Y eso duele. Pero aquí aparece una reflexión importante.
Si hicimos bien nuestro trabajo, esa persona que elijan tendrá zapatos muy grandes que llenar. No están buscando a alguien “mejor”. Están buscando algo similar a lo que conocieron contigo: alguien que no juzgue, que sostenga, que acompañe, que cuide. Y que esa persona pueda decir lo mismo que tú dirías, hacer lo mismo que tú harías, y que tu hij@ lo reciba mejor… no significa que te haya reemplazado. Significa que el vínculo dejó huella.
Ser la to-go person no significa ser indispensable para siempre. Significa haber sido suficiente en el momento correcto. Haber sembrado una forma sana de vincularse, un espejo emocional que los acompañará toda la vida.
Y si algún día no somos nosotros, pero sabemos que lo que construimos sigue vivo en cómo eligen a quién confiarse… entonces, aunque duela, valió profundamente la pena.




