Eduardo Caccia, se cuestionaba algo fundamental: educación, ¿para qué? Él ejemplifica con un tema: las prioridades que los japoneses están dando a la educación.
Fue un cuestionamiento que me pareció increíble, porque muchas veces, en distintos momentos de mi vida, he sentido que la educación ha olvidado lo más importante: la formación humana.
El aprendizaje académico, sin duda, genera capacidades; pero creo que la forma en la que se enseña y se inculca es lo que realmente necesita transformarse.
Aprender desde el ser
Caccia mencionaba que en Japón los niños aprenden a limpiar, a recoger, a cuidar su entorno. Y no lo hacen como una obligación, sino porque entienden que lo que se usa se recoge, lo que se ensucia se limpia, y lo que se toma se devuelve. No hay adultos detrás de ellos vigilando, porque se educa desde la conciencia, no desde el control.
Esa enseñanza forma seres humanos íntegros, conscientes de que lo que hacen por sí mismos impacta en los demás.
Una educación así enseña que no somos seres aislados, sino parte de una comunidad en la que nuestras acciones, decisiones y hábitos tienen consecuencias colectivas.
El campo de batalla escolar
Esta reflexión me llevó a pensar que, en México, muchas escuelas se han convertido en un campo de batalla:
niños y niñas en constante estado de alerta, compitiendo por quién saca las mejores calificaciones, quién se porta mejor, quién gana más reconocimientos.
La educación, en lugar de ser un proceso de crecimiento, se ha vuelto una carrera por ser el mejor.
Y ese reconocimiento constante por los logros, más que por la calidad humana, nos está alejando del verdadero propósito de educar.
Vivimos en un sistema que enseña a hacer, no a ser.
Y en esa búsqueda de aprobación, hemos olvidado enseñar a nuestros hijos a pensar en el otro, a construir comunidad, a encontrar satisfacción en lo que hacen por convicción y no por competencia.
Educar sin jerarquías
Me encanta el ejemplo japonés de eliminar los exámenes como medida de valor.
En ese modelo, los niños no dependen de una jerarquía ni de la opinión de una autoridad para saber si valen o no.
Su aprendizaje se mide en respeto, en convivencia, en integridad.
¿Y quién define realmente qué es “saber”?
Los exámenes pueden medir conocimientos, pero no pueden medir humanidad, empatía ni conciencia social.
Y eso, en mi opinión, es lo que más necesita nuestra sociedad hoy.
Brillar en comunidad
El exceso de competencia genera estrés y nos aleja de lo esencial.
Un niño que vive en constante alerta no puede disfrutar, conectar ni descansar.
Y un adulto que creció así vive cansado, buscando paz en los ratos libres que la vida le deja.
¿Qué diferente sería si educáramos para brillar en comunidad, y no en individualismo?
¿Si entendiéramos que lo que hago por mí, también impacta en los demás?
Que no se trata de sobresalir, sino de crecer juntos.
Cuando uno hace lo que le da paz y no lo que le da reconocimiento, el mundo se vuelve más habitable.
Y una sociedad que educa desde la paz, forma seres humanos más plenos, más conscientes y más felices.
Reflexion de la Psicologa Ana Villafañe a partir de un artículo de Eduardo Caccia en El Reforma.
Caccia, E. (2025, octubre 12). Educar, ¿para qué? Reforma. https://www.reforma.com/educar-para-que-2025-10-12/op301235




